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CREER EN CRISTO CON UN “ESPÍRITU DESPIERTO”

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MTRA. ALEJANDRA VIANEY ARREDONDO VÁZQUEZ

AGOSTO, 2021

El evangelista San Juan narra cómo después de que Jesús resucitó de entre los muertos se presentó ante los apóstoles, les mostró las manos y el costado, y les envió a proclamar el Evangelio, infundiendo sobre ellos el Espíritu Santo. Más tarde, los apóstoles contaron al discípulo Tomás lo ocurrido, pues no estaba presente, a lo que respondió: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.” Jesús se presentó ante los discípulos ocho días más tarde y, llamando a Tomás, le dijo: “Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.” Hasta entonces Tomás creyó en lo que le había sido contado, por eso, Jesús expresó: “Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído (Jn 20, 25-29).”

Ciertamente, Tomás fue el primero en dudar de la revelación del Señor, pero no el último. ¿Cuántas veces hemos visto un rostro mudar de expresión al escuchar: “Jesucristo murió, resucitó, vive y te ama entrañablemente”? Los gestos pueden ir desde vivas expresiones de fe verdadera y alabanzas hacia Dios, hasta manifestaciones de indiferencia y encogimiento de hombros en señal de incertidumbre agnóstica o, incluso, estruendosas risas sarcásticas de incredulidad atea. ¿Por qué semejantes reacciones?

El cardenal John Henry Newman, en su obra de 1870, A Grammar of Assent, refirió que: “el hecho de la revelación es en sí mismo demostrablemente verdadero, pero no por eso es irresistiblemente verdadero; si no, ¿cómo viene a ser resistido?.”[1] Es decir, quienes dudan de o niegan a Dios lo hacen por la simple razón de que pueden hacerlo.

Según Thomas Huxley, quien acuñó el término agnosticismo, existen límites para el conocimiento auténtico y todo intento por superarlos hace caer en una ilusión teológico-dogmática. Para Huxley, lo único digno de crédito es lo que no se puede refutar, lo demás carece de relevancia.[2] Por tanto, para el agnosticismo, la fe, la revelación, los prodigios, etc., no tienen validez, pues, según esta doctrina, toda creencia debe estar sentada sobre una base racional. Por decirlo de algún modo, un agnóstico mantiene una actitud similar a la que tuvo en principio el apóstol Tomás: a menos de que existan pruebas que lo comprueben, no es posible dar crédito a los dogmas de fe; así, vive en un estado de incertidumbre permanente ante el conocimiento que no puede verificarse a través del método científico.

Por su parte, los ateos niegan la existencia de Dios y, por tanto, la posibilidad de una vida eterna, señalando así la muerte como el fin último. Pero, para los cristianos, el sufrimiento es vano si no hay una esperanza última y la vida se llena de sinsentido.

Si bien son diversos los factores por lo que no es profesada la fe católica por un cada vez mayor número de personas, muchas veces, la confianza en Dios comienza a decaer por la cuestión del sufrimiento: ¿por qué si Dios es tan bueno y nos ama entrañablemente hay tantas personas sufriendo injusticias y penas en el mundo? Ante tal cuestión, poco a poco la confianza en que Dios es un Padre Bueno y Misericordioso se va perdiendo, hasta que, finalmente, se termina por dudar, e incluso, negar que realmente existe: “Si Dios existiera jamás permitiría que tantos males sucedieran”, se escucha con frecuencia.

Ante tal pensamiento cabe reflexionar que incluso Jesús, Hijo Único del Padre Eterno, fue enviado al mundo para la salvación de la humanidad entera, y murió en la Cruz y resucitó por la redención de nuestros pecados. Además, Jesucristo no sufrió un dolor exclusivamente físico, inflingido por los azotes, la crucifixión, el hambre, la sed, la desnudez, etc., sino que Nuestro Señor recibió heridas no visibles, pero igualmente profundas, como la traición y entrega por algunas monedas de plata, la negación de Pedro, la dispersión de los apóstoles, las burlas e incredulidades, etc. Es decir, Dios no es indiferente al sufrimiento humano, sino que Él, siendo inocente, padeció los más profundos sufrimientos tanto como nosotros en esta vida, para prepararnos una morada celestial. Es Dios mismo, quien en la persona de Cristo, sufre con nosotros y por nuestra redención (cfr. Col 1, 24), y es Cristo quien promete que todo sufrimiento causado por seguirle tendrá su recompensa: “Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa (Mt 5, 11).”

Es cierto que muchas tragedias se han justificado bajo el nombre de algún Dios y, de hecho, la Iglesia no está exenta de haber cometido acontecimientos tales como las Cruzadas o la Inquisición. Sin embargo, es importante ver que tales actos son fruto de la desobediencia al mandato de Jesús de que la espada no debe usarse para imponer la voluntad de Dios. Las guerras y los fanatismos religiosos que han cobrado un incalculable número de víctimas son lamentables y verdaderamente no tienen justificación alguna, pero tampoco tienen razón de ser aquellos genocidios cometidos por dirigentes políticos ateos que condenaron —y en algunas regiones  siguen condenando— a muchas personas por sus convicciones religiosas.

Siendo creada a imagen y semejanza de Dios, la humanidad entera es capaz de hacer el bien. La moral no es exclusiva para quienes profesan la fe católica, sino que todos —cristianos o de alguna otra religión, ateos o agnósticos— son igualmente capaces de obrar con caridad, benevolencia y rectitud. Sin embargo, cabe recordar la elocuente reflexión del Papa emérito Benedicto XVI:

“El pensamiento contemporáneo tiende a sostener que cada uno debe vivir su religión, o quizás también el ateísmo en que se encuentra. De ese modo alcanzará la salvación. Semejante opinión presupone una imagen de Dios muy extraña y una extraña idea sobre el hombre y el modo correcto de ser hombre. Intentemos explicarlo mediante un par de preguntas prácticas. ¿Se salvará alguien y será reconocido por Dios como un hombre recto, porque ha respetado en conciencia el deber de la venganza sangrienta? ¿Por qué se ha comprometido firmemente con y en la «guerra santa»? ¿O por qué ha ofrecido en sacrificio determinados animales? ¿O por qué ha respetado las abluciones rituales u otras observancias religiosas? ¿Por qué ha convertido sus opiniones y deseos en norma de su conciencia y se ha erigido a sí mismo en el criterio a seguir? No, Dios pide lo contrario: exige mantener nuestro espíritu despierto para poder escuchar su hablarnos silencioso, que está en nosotros y nos rescata de la simple rutina conduciéndonos por el camino de la verdad; exige personas que tengan «hambre y sed de justicia»: ése es el camino que se abre para todos; es el camino que finaliza en Jesucristo.”[3]

Por eso, aun en los momentos más difíciles, es necesario dejarnos guiar por Jesús, confiando en que su Palabra es Verdad, incluso antes de que el Señor lo compruebe, para así gozar de la dicha por Él prometida.


[1] John Henry Newman, An Essay in Aid of a Grammar of Assent, Londres, 1874, p. 320. Traducción propia. Consultado el 13 de agosto de 2020 de: https://www.gutenberg.org/files/34022/34022-pdf.pdf
[2] Julián Velarde Lombraña, “Raíces del agnosticismo en el pensamiento inglés del siglo XIX”, Pensamiento: Revista de investigación e Información filosófica, vol. 62 (2006), núm. 232, pp. 89-119.
[3] Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Librería Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano, 2007. p. 44. Consultado el 13 de agosto de 2021 de: http://biblio3.url.edu.gt/SinParedes/08/Benedicto-XVI-Jesus.pdf