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EL SACERDOTE HOMBRE DE COMUNIÓN (1ª PARTE)

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M. ILTRE. CANGO. MONS. SALVADOR MARTÍNEZ ÁVILA, RECTOR DE LA BASÍLICA DE SANTA MARÍA DE GUADALUPE

AGOSTO, 2021

CHARLA, DÍA DEL SACERDOTE

La característica fundamental del sacerdocio cristiano es la configuración con Cristo Sumo y Eterno Sacerdote. De tal manera que, para hablar del presbítero hombre de comunión debemos recurrir a Jesucristo única fuente de inspiración para la vivencia de esta virtud.

Jesucristo es fuente de la verdadera comunión

El Hijo eterno del Padre que estaba en comunión plena de amor con el Padre y el Espíritu Santo, “no se aferró a su prerrogativa divina sino que se anonadó y se hizo uno de nosotros, uno de tantos, obediente hasta la muerte y muerte de cruz” nos dice San Pablo en su carta a los Filipenses (Flp 2,6-11). La condición divina es esencialmente unión entre las tres personas divinas de presencia, de acción y de voluntad. Cuando Nuestro Señor Jesucristo se encarnó estas tres características son vividas y significadas por Cristo a lo largo de toda su vida.

Comunión por la presencia

El Hijo eterno del Padre, al hacerse hombre, se introduce en el tiempo, en el devenir que marca un antes y un después la distinción entre presente, pasado y futuro. Una primera acción que Jesús solía realizar era dedicar momentos prolongados de manera cotidiana para estar en presencia del Padre, es decir para orar. San Lucas nos dice que el Señor pasó toda la noche en oración y al día siguiente escogió a los doce discípulos (cfr. Lc 6,12). En otros casos nos dice que el Señor se levantaba muy temprano en la mañana e iba a lugares solitarios para orar (Mc 1,35). O bien, que en sus visitas a Jerusalén, solía retirarse con los suyos al huerto de los olivos para orar (Jn 18,2). Nosotros presbíteros somos hombres de comunión en la medida que nos configuramos con Cristo orante, esto implica la dedicación de facultades interiores, en particular la atención mental, la buena disposición hacia el contacto con Dios Nuestro Padre, el encauce adecuado de pensamientos y fantasías que nos dispersan. Es importante considerar que nosotros no oramos por obligación ministerial o por un obscuro presentimiento de que si no añadimos oración a lo que hacemos, las cosas saldrán mal. La oración es una forma de pertenecer, nosotros a Dios y Él a nosotros, como Jesús mismo lo expresaba a los judíos: “el Padre y yo somos uno” (Jn 10,30).

Pero no es la única forma de comunión por la presencia. Jesús también tomo discípulos para estar con ellos y luego enviarlos. De acuerdo con el evangelio de San Juan, Jesús llevó a los discípulos a vivir con él (Jn 1,37-39). Con Jesús realizaban los viajes misioneros en el entorno del lago de Genesareth, participando en fiestas como las Bodas de Canaan, en la visita a las sinagogas y a las casas. En el mismo evangelio de San Juan, se testimonia el compromiso religioso de Jesús que anualmente subía a la fiesta de Jerusalén en compañía de sus discípulos. Cuando no lo vieron con ellos los judíos se preguntaban si ese año no iría, pero el evangelista nos avisa que Jesús había subido a Jerusalén ciertamente pero de incógnito (Jn 7,10-13).

Más profundamente aún el Señor, durante la última cena habla de la comunión en fe y amor con él. Unas palabras, peculiares de la última cena en San Lucas son: “ustedes han sido los que han perseverado conmigo en mis pruebas… y yo les confiero la dignidad real que el Padre dispuso para mí” (Lc 22,28-29). La comunión que se da en la presencia genera amistad con el Señor y es fuente de identidad y estatus en el Reino de los Cielos. Más adelante veremos como esta forma de comunión posibilita la comunión de acción.

La presencia adquiere un valor simbólico como medio de comunión al grado de que la ausencia también simboliza la ruptura, la carencia de amistad con Jesús. Por este motivo san Juan resalta la partida de Judas al inicio de la última cena (Jn 13,21-30). El traidor no formará parte del banquete del Cordero de Dios. Los viajeros de Emaús descepcionados se alejan de Jerusalén, no hebiendo creído al testimonio de las mujeres y de los discípulos a cerca del sepulcro vacío (Lc 24,19-24). En los momentos de mayor desolación Jesus pide a los suyos no perder la presencia, sino que por la presencia de oración puedan vencer la prueba, pero los discípulos se quedaron dormidos (Mc 14,37-41), ausentes en la agonía del huerto.

La gran sorpresa de la resurrección es la manifestación presente de Jesús vivo. Esta presencia sana el dolor, el fracaso y la decepción. El Señor ressucitado prometió “yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

Resumiendo. La comunión por la presencia es una prioridad en la vida de Nuestro Señor Jesucristo que marcó una vida de práctica de oración cotidiana, una vida de fraternidad, discipulado y ministerio compartido que llevó a relaciones de amistado profundas. Las rupturas están señaladas por la ausencia, sea física, como ausencia de la conciencia y la falta de sintonía afectiva.